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Esa noche en Getsemaní PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Jaime Chairez   
viernes, 21 de marzo de 2008

Jesús está en Gestemaní,
es la noche anterior a su muerte.
En conocimiento de lo que habría de padecer,
le pide a tres de sus discípulos que lo acompañen a orar.

Jesús está en Gestemaní, es la noche anterior a su muerte. En conocimiento de lo que habría de padecer, le pide a tres de sus discípulos: Juan, Pedro y Jacobo, que lo acompañen a orar. El Señor está verdaderamente angustiado y triste, gotas de sudor como sangre brotan de sus sienes. Está enterado de lo que sucederá el día de mañana, la consecuencia de su prédica le llevará a morir por mano de pecadores: si es posible, pasa de mí esta copa

 

El Hijo del Hombre, clama y se duele. La naturaleza humana de nuestro Señor, está quebrantada. Pero también el Hijo de Dios, sabe que lo que va a suceder el día de mañana, traerá un beneficio mayúsculo para todos los hombres, de todas las generaciones por venir y también, como siervo del Señor Dios, obedece: no se haga mi voluntad sino la tuya.

En tres ocasiones, Jesús viene a buscar a sus discípulos. Los VIP, los mismos discípulos que lo acompañaron en el Monte de la Transfiguración. Pero estos dormían. Jesucristo, se apartó para orar y en esta ocasión, como en muchas otras, no fue solo. Pidió compañía, porque sabía que ese momento sería crucial para Él, para sus discípulos, para el mundo entero. Pero ellos dormían: ¿no han podido, orar siquiera una hora?

Tal vez si Pedro, hubiera estado despierto y orado con Él, habría reaccionado distinto cuando los pecadores –empezando por Judas- vinieron por Él. Quizás no le habría cortado la oreja al soldado y en lugar de ello, solicitar al Padre un ejército de ángeles que protegieran a Jesús, de aquellos pecadores que pretendían su muerte. Pero no, Pedro dormía y su reacción fue instantánea y automática: yo puedo, yo sé lo que hay que hacer: matarlos a todos y ocultar a Jesús, puede ser.

Cuántas veces, nosotros mismos estamos ante un momento crucial en nuestras vidas y en lugar de venir a los pies del Señor, para pedir su intervención divina, nos devanamos los sesos pensando y pensando, cómo salir de la crisis. Y sacamos la espada, cortamos orejas. Totalmente al contrario, de lo que haría nuestro Señor Jesús. ¿Qué hubiera sido de Pedro si Jesús no sana la oreja del soldado? Con toda seguridad, se lo hubieran llevado también a él. A Jesús, y a Pedro.

El asunto, es que no queremos entrar en nuestro Getsemaní. Jesús, oró al Padre porque sabía que Él solo no podría cumplir el propósito por el cual vino a esta Tierra. Se sabía impotente ante lo que le esperaba. Reconocido de que sin Dios, le sería imposible atravesar aquel trance que le llevaría hasta la muerte y muerte de cruz.

En cambio, nosotros nos creemos más poderosos, nos creemos que podemos hacerlo solitos, que está en nuestras manos el hacer la Obra de Dios, y solicitamos su bendición: Señor, voy a hacer esto o aquello, así que bendíceme. Suplicamos, arregla por favor este desastre que hice y sácame de aquí. Porque no queremos entrar a Getsemaní. Ese lugar donde rendidos, reconocemos que somos impotentes, que sin Él no podemos hacer lo que se supone tenemos que hacer.

Si Jesús, siendo Dios mismo, vino ante el Padre para cobrar fuerza, para ser obediente con Él ¿Cómo es posible que nosotros, humanos limitados e imperfectos, pensemos que podemos siquiera vivir el día a día sin Él? Tenemos que entrar en Getsemaní, es preciso que lleguemos rendidos ante su Presencia y roguemos su Presencia y Poder para continuar. No sea que como Pedro, a diario cortemos orejas y Jesús, tenga que venir y sanarlas. No sea que estemos haciendo nuestra propia voluntad, nuestra propia manera de hacer las cosas, totalmente al contrario de su amable, perfecta y buena Voluntad.

Entra en tu Getsemaní, cada día, en tu cuarto de oración. Cada noche, antes de dormir. Entra en tu cuarto y cierra la puerta, habla con Él. Reconoce ante Él, tus limitaciones, tus fracasos para ser un cristiano eficaz. Ven ante Él y humíllate, reconociendo que sin Él nada puedes hacer. Déjate de máscaras, Él ve tu corazón. Déjate de modos y maneras, que a Él sólo lo impresiona un corazón contrito y humillado. Sé humilde y reconoce que en tus propias fuerzas sólo cortas orejas. Sólo haces desastres. No sigues su Voluntad. Estás perdido.

Sé humilde y reconoce que es únicamente en su Fuerza y Poder, que puedes negarte a ti mismo, tomar tu cruz cada día y seguirle a Él. Mientras sigas tratando de hacerlo tú mismo sin Él, seguirás cortando orejas, continuarás negándole a Él, llorarás amargamente y finalmente, te esconderás de su Presencia.

Ven, porque del Getsemaní saldrás mudado en otra persona. De la misma manera que Jesús, Él entró como Hijo del Hombre y salió como Hijo de Dios: “Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder de Dios y viniendo en las nubes del cielo” (Marc. 14:62).

Pastor Jaime Chairez.

 
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