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Iniciar bien, no es tan importante como terminar bien. Podemos hacer todo lo que está a nuestro alcance para empezar algo con el ímpetu y el entusiasmo suficientes, y proveernos de lo necesario para arrancar. Sin embargo, una vez que comenzamos, una vez que damos el primer paso que nos lleve a entrar en ese nuevo sendero que a todas luces, se muestra incierto, es donde se establece la diferencia entre los que empezaron y no llegaron, así como los que lo hicieron bien de principio a fin.
Iniciar bien, no es tan importante como terminar bien. Podemos hacer todo lo que está a nuestro alcance para empezar algo con el ímpetu y el entusiasmo suficientes, y proveernos de lo necesario para arrancar. Sin embargo, una vez que comenzamos, una vez que damos el primer paso que nos lleve a entrar en ese nuevo sendero que a todas luces, se muestra incierto, es donde se establece la diferencia entre los que empezaron y no llegaron, así como los que lo hicieron bien de principio a fin. Cristo Jesús lo dijo mucho mejor, y nos previno a que permaneciéramos en Él, porque sin Él: nada podemos hacer (1) Y es que cuando venimos al conocimiento salvador y liberador de la obra redentora de Jesús para nuestras vidas, cuando venimos a la Cruz del Calvario y reconociendo nuestra condición pecadora, y le pedimos que su Sangre preciosa nos limpie, que por su Sacrificio, nos perdone y reconcilie con Dios nuestro Señor, convirtiéndonos ahora por su Resurrección en hijos de Dios, empezamos bien. Muchos de nosotros si no es que la mayoría, cuando venimos al Señor, queremos saber más acerca de esta vida nueva que ahora tenemos. Recibimos enseñanza, y al igual que los bebés: empezamos a crecer. Nos enteramos de lo que se espera de un cristiano, nos dicen cómo vestir, cómo conducirnos y hasta cómo hablar. Aprendemos el deber ser del cristiano y como tales, el tener que. Sí, sabemos que los cristianos debemos ser de tal o cual manera. También conocemos que tenemos que amar a nuestros enemigos, dejar el mundo y juntarnos sólo con personas cristianas. Es decir, nos llenamos de reglas y normas; con lo cual, llegamos a estar colmados e inmersos en la religiosidad, y las más de las veces: queremos hacerlo en nuestras propias, finitas y limitadas fuerzas, tratamos de vivir como verdaderos cristianos, sin lograrlo. Y se llega al punto de verlo, tan inalcanzable, que algunos prefieren renunciar y con ello, pese a que empezaron bien, simplemente: terminan mal, porque abandonan y no permanecen en Jesús. Pero es aquí donde se levanta la Verdad de Jesús, que sin Él nada podemos hacer. No podemos vivir la vida cristiana, sin Él. Porque permítase entender que Dios no vino a este mundo en la Persona de Jesús y con ello, a otorgarle salvación, para que nosotros creáramos miles de formas e ideas para llegar a Él. Cierto, que Juan 3:16 establece que de tal manera amó Dios al mundo que dio a su único hijo para salvarlo, pero no y de ninguna manera, lo hizo para crear una Religión. Es más, la Religión y creencias judías fueron cumplidas por Jesús cumplió la ley judía. Ningún hombre, ningún ser humano, antes de Jesús pudo seguirla. Y Jesús no lo hizo, solamente porque era el Hijo de Dios. Él pudo hacerlo por el poder del Espíritu Santo (2) pues, fue tentado en todo, pero sin pecar. ¿Qué se quiere decir con todo esto? Solamente que Jesús vino a reconciliarnos con Dios (3) Él vino para volvernos a Dios Padre. Jesús es la puerta y la única vía para que en Él tengamos una relación y comunión con Dios. No se trata del deber ser ni del tener que, porque no es por nuestras obras que llegamos a Dios y alcanzamos vida eterna. Es por nuestra relación con Jesucristo, por cuánto le conocemos, pues sabemos que sus pensamientos son de paz para darnos el fin que esperamos (4) Ahora, en Jesucristo, podemos tener comunión con Dios, hablar con Él, recibir su Paz y la vida que anhelamos. Nada más. No hay nada más que hacer, porque Jesús ya lo hizo todo. ¿Cómo? Dirá usted. ¿Así de fácil? La verdad es que no puede hacer nada para ser salvo y con ello tener vida eterna. Porque Jesús ya lo hizo todo. Absolutamente, todo. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras para que nadie se gloríe” Ef. 2:8-9. Entonces, si esto es así ¿qué nos corresponde a nosotros? Sólo dos cosas: amar a Dios con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra mente y con toda el alma. Y a nuestro prójimo como a nosotros mismos (5). Éste es el Camino, y ésta la vida cristiana. Es lo que existe entre empezar bien y culminar bien, también. Pero ¿cómo entonces, podemos llegar a amar a Dios de semejante manera y a nuestro prójimo, también? Bueno, contamos con tres obsequios, por lo menos, que Dios proveyó para nosotros: Jesús, el Espíritu Santo y su Santa Palabra: la Biblia. En Jesús podemos acercarnos a Dios, en oración y tener comunión con Él (6) La Biblia nos provee del conocimiento de Dios y su obra en nosotros (7) y el Espíritu Santo nos reviste del poder que necesitamos para seguir caminando hasta que nos encontremos con el Padre (8) Con razón, la Biblia dice: “Todo lo puedo en Cristo, que me fortalece” Filipenses 4:13. Ahora en este nuevo ministerio por Internet empezamos bien, y en su Gracia y Misericordia sublime e infinita, damos el primer paso confiados en el poder del Espíritu Santo para continuar. Jesús es lo más importante y fuera de Él, no hay más. A su Nombre toda la Gloria y Honor. Así, pues: Iniciamos. (1) (Juan 15:4). (2) (Heb. 4:15) (3) (Col. 1:21-22) (4) (Jer. 29:11). (5) (Mat. 22:38, Mar. 12:30 y Jn. 13:34) (6) (Heb. 4:16) (7)(Prov. 3:22-24) (8)(Luc. 24:49) |