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Editorial - Temas del programa de Radio Palabra de Fe
Escrito por Beatriz Diaz   
miércoles, 02 de abril de 2008

Programa Transmitido el día 2 de Abril del 2008 en Renacimiento 850, estación de radio cristiana en Chihuahua, Chih., México

Con qué tema podemos empezar esta hermosa etapa, que nuestro Señor nos concede. ¿La respuesta? De lo más sencilla: comencemos por lo fundamental. Por atender la necesidad de todo ser humano: comunicarse con su Creador. Por el anhelo que existe en el espíritu del hombre y de la mujer, por nuestro Dios. Exactamente, empecemos por la oración. Hablemos de orar, porque lo cierto es que el pueblo de Dios quiere aprender a orar. Esto, a pesar de que a menudo experimentamos fracasos y frustraciones al hacerlo, o que las más de las veces que nos proponemos a orar nos quedemos sin más palabras que expresar. La verdad es que el Espíritu Santo hace que nuestros fracasos nos hagan desear aprender a orar en lugar de renunciar


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Con qué tema podemos empezar esta hermosa etapa, que nuestro Señor nos concede. ¿La respuesta? De lo más sencilla: comencemos por lo fundamental. Por atender la necesidad de todo ser humano: comunicarse con su Creador. Por el anhelo que existe en el espíritu del hombre y de la mujer, por nuestro Dios. Exactamente, empecemos por la oración. Hablemos de orar, porque lo cierto es que el pueblo de Dios quiere aprender a orar. Esto, a pesar de que a menudo experimentamos fracasos y frustraciones al hacerlo, o que las más de las veces que nos proponemos a orar nos quedemos sin más palabras que expresar. La verdad es que el Espíritu Santo hace que nuestros fracasos nos hagan desear aprender a orar en lugar de renunciar. Porque permítanos decirle, que ésta no es una opción. Renunciar a orar, porque no sabemos hacerlo: No es opción y su alma, lo sabe muy bien. Así que no es ninguna sorpresa cuando leemos en el Nuevo Testamento, ahí en Lucas 11:1 «Una vez Jesús estaba orando en cierto lugar. Cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó también a sus discípulos"». Vea que incluso los más cercanos a Jesús querían orar, pero sabían que nunca podrían hacerlo como Él lo hacía a menos que se les enseñara cómo. Así que hermano, hermana que nos escuchas, déjanos repetirlo de nuevo para que te liberes y recobres tu pasión por llevar una vida de oración efectiva: es necesario que nos enseñen a orar, porque nadie sabemos hacerlo.

Uno de los aspectos más fascinantes acerca de este pasaje es que ésta es la única ocasión registrada en los evangelios donde a Jesús se le pide enseñar sobre un tema en específico. Hasta donde se sabe sus discípulos nunca le pidieron que les enseñara a cómo caminar sobre las aguas o cómo multiplicar los panes y los peces. Pero algo en la manera como Jesús oraba, los hizo desear aprender a orar como él, y además vieron dos cosas: la necesidad de orar, y otra: su propia incapacidad para hacerlo.

Tal vez a algunos de nosotros –no a todos- nos pasa algo parecido. Claro que hay personas con una gran habilidad para expresarse, pero tratándose de Dios como que algunos de nosotros nos escuchamos balbuceando un: “…y….esteeeee…Bueno…yo.” Y si vamos a ser sinceros, en tanto que unos oran con gran fervor, otros a menudo luchamos por mantener nuestros pensamientos en Dios y no en la lista de todo lo que tenemos pendiente por hacer. Cuando otra persona conversa con el Señor con un sincero sentido de intimidad, a veces –al menos, a algunos cuantos nos ha pasado- como que sentimos que habláramos al viento o que, ni atadas con un globo lleno de gas helio subirían al cielo. Por lo que estos menos, y otros más, nos sentimos agradecidos con ese discípulo que le pidió al Señor «enséñanos a orar», porque él expresó una necesidad que los discípulos de Jesús de todos los tiempos y lugares experimentamos. Gracias a su pregunta y a la respuesta que Jesús le dio, podemos ver más claramente que sólo aquellos cristianos a quienes se les haya enseñado cómo orar, pueden hacerlo eficazmente. Por lo que la feliz noticia de este día es que podemos aprender el contenido y el espíritu de la verdadera oración, a través de la Palabra y con la ayuda del Espíritu de Dios.

De esta manera, al sumarnos a la petición de los discípulos por que Jesús les enseñara a orar reconocemos nuestra dependencia. En otras palabras, no podemos orar correctamente a menos que el Señor nos enseñe. El apóstol Pablo expresó nuestro problema en forma concisa: «No sabemos pedir como conviene» (Romanos 8.26). Nadie es un orador nato. Hay atletas y cantantes natos pero nadie sabe decir oraciones (a menos del tipo que Dios responde) por naturaleza. En 1 Corintios 2:14 leemos: «Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios [tales como orar], porque para él son necedad; y no las puede entender…»

Sin embargo, incluso después de haber nacido de nuevo por medio de la fe en Jesucristo no podemos orar bien si no se nos enseña primero. Recuerde que cuando Pablo escribió que no sabemos orar como conviene, se refería a él mismo y a otros en quienes ya moraba el Espíritu Santo. Y nunca sabremos orar como debiéramos hasta que se nos enseñe, por lo que solamente alguien del cielo puede enseñarnos a cómo comunicarnos con «Nuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 6.5).

Decir «Señor, enséñanos a orar» también implica un sincero deseo por aprender. Porque, una cosa es decir que usted quiere orar y otra estar dispuesto a aprender. Mire, dentro de cada ser humano que acepta a Jesús como su Salvador y Señor, mora el Espíritu de Dios y existe el vivo deseo de conversar con el Padre celestial. De hecho, el Nuevo Testamento nos dice en dos ocasiones que «Y por cuanto son hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: "¡Abba! ¡Padre!"» (Gálatas 4.6) y en Romanos 8.15: “…sino que han recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!”. Que traducido es papi o papito, como se le dice a los papás con mucho cariño. Y todos aquellos que tienen el Espíritu de Dios tienen esta orientación por el Padre, pero muchas veces no sabemos qué decir. Anhelamos tener una íntima relación con nuestro Padre celestial pero a menudo no sabemos qué decir. Qué le parece ¿Usted realmente quiere aprender a orar?

Pedirle al Señor que nos enseñe a orar implica además, crecimiento y progreso. Los discípulos no aprendieron todo lo que necesitaban aprender acerca de la oración en una lección, ni tampoco nosotros. A pesar de que en esta oportunidad Jesús respondió directamente su petición, este pasaje no contiene todo lo que Él enseñó acerca de la oración. Por ejemplo, Lucas 18.1, dice: «Y les refería Jesús una parábola para enseñarles que ellos debían orar en todo tiempo y no desfallecer.» Después, les enseñaría más acerca del fervor en la oración en su ejemplo en el Jardín de Getsemaní (Lucas 22.39–46).

Pero, entonces, pensarás ¿cuál es el punto? Bien, cuando concierne a la oración, no caiga en la tentación de decir: «Es que, sencillamente no puedo». Mire, si usted empezara a estudiar una lengua extranjera, ciertamente le tomaría meses o años de aprendizaje y práctica regular en conversaciones antes de que se sintiera cómodo a la hora de hablar con otras personas. ¿Entonces –pregunto- por qué habríamos de pensar que debemos aprender el idioma de la oración en un corto periodo de tiempo?

Así que veamos también que la respuesta de Jesús a la petición del discípulo es inmediata y directa en el versículo 2: «Y él les dijo: "Cuando oren, digan así:…"» Lo que sigue es el «Padre Nuestro» o también conocido como «La oración modelo». El cual, inicia con una alabanza: “Santificado sea tu Nombre”. Después, Jesús, resalta la importancia de persistir en la oración (versículos 5–11), y concluye la respuesta que da a sus discípulos con la promesa del versículo 13: «Pues si vosotros siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» En palabras más sencillas, aquí Jesús enseña un resumen de lo que es necesario saber acerca del contenido y el espíritu de la oración. Por eso es que la llamamos «La oración modelo».

Con respecto al contenido de la oración, empieza con una sencilla instrucción «Cuando oren, digan así…». Es parecido a como cuando un hermano mayor se inclina y tranquilamente instruye al hermano menor sobre qué decir cuando estén frente a su padre. En las pocas líneas de los versículos 2 al 4 Jesús nos dice qué decir cuando hablemos con Dios. Y destaca la instrucción de decir, que tampoco es pensar o hablar en el pensamiento sino decirlo en voz alta.

Algo de vital importancia es que Jesús nos sitúa en nuestra verdadera posición al dirigirnos a Dios como: “Padre nuestro…”. Padre. Padre nuestro. Llama la atención cómo es que Jesús nos instruye a dirigirnos al Dios Todopoderoso Creador de los Cielos y de la Tierra, al Capitán de los Ejércitos de Israel: como nuestro Padre. Bien pudo habernos dicho que dijéramos: Señor Dios, Dios mío o Jehová de los Ejércitos. Sin embargo, Jesucristo enseñó a dirigirnos a Dios como nuestro Padre, es decir que vayamos a Él como hijos. Y no sólo eso sino como hijos del Dios Altísimo, porque sigue diciendo: “…que estás en los cielos”. Con cuánta razón Pablo afirma que somos “coherederos con Cristo”

En el Padre Nuestro, la oración modelo, Jesús nos concede la misma posición que Él tenía y tiene ante Dios: Hijo del Dios Altísimo, nosotros también somos hijos del Dios Altísimo. Sin embargo, tampoco es aquí que culmina de enseñarnos cómo dirigirnos a Dios, pues añade: “….santificado sea tu Nombre”. Esto no es sólo un reconocimiento de la Majestad de Dios, es una declaración de nuestros labios en alabanza a Él, en adoración a Dios. Santificado sea tu Nombre, santificado seas Tú Padre. Santo, Santo, Santo. Nos dirigimos como hijos del Altísimo, reconociéndole como Señor y Dios. Santo, Eterno e Inmutable. Y verdaderamente aquí podemos explayarnos todo lo que deseemos, que nuestra alabanza y adoración fluyan hacia Él desde el fondo de nuestros corazones con toda palabra, canto y acción posibles para Gloria de su Nombre.

De esta manera, cada línea, como la del versículo 2: «Venga tu reino», es un modelo o ejemplo de las cosas por las que deberíamos orar. Por ejemplo, podemos decir: «Señor, anhelo ver tu reino venir a mi hijo, que él te considere como su Rey y Salvador.” Incluso sin el uso de las frases exactas de la oración modelo, se puede orar el mismo significado. Las oraciones por las bendiciones de Dios sobre la obra de su iglesia puede ser otra, o en su caso una más específica y personal a la hora de decirle al Señor: «Venga tu reino». Como: restaura mi familia, mi matrimonio; mi vida.

Ahora permítanos regresar a la oración modelo pero ahora con una visión más amplia. Cuando los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara a orar, él no dijo algo como: «Digan cualquier cosa que sientan, y eso agradará a Dios.» En lugar de eso, en las dos ocasiones que enseñó esta oración, Dios Hijo dejó instrucciones específicas. Dios inspiró estas palabras de educación. O póngalo de otra forma, la Palabra de Dios nos enseña a orar.

«Muy bien» —me dirá usted— «¿pero qué significa eso? ¿En qué manera práctica me ayuda eso a aprender a orar?» Para empezar, observemos que la respuesta de Jesús cuando le pedimos «Señor, enséñanos a orar» es exactamente la misma respuesta inspirada que él le dio al discípulo, lo que significa que hemos de volvernos primero a su Palabra cuando le pedimos lo mismo que se le solicitó en Lucas 11. ¿Cuáles fueron sus palabras? La oración modelo. Parte del « plan de estudios básico ‘» de la escuela de oración de Cristo es aprender a usar esta oración de la forma que Jesús pretendía. Cierto que esta oración no es el único modelo divinamente inspirado que nos dejó. Dios puso oraciones en toda la Biblia para servir como ejemplos. Pero deberíamos dar prioridad a esta porque fue la respuesta explícita de Jesús a una petición específica: «Señor, enséñanos a orar.»

En Lucas 11, Jesús enseña no solo lo básico sobre el contenido de la oración, sino también sobre el espíritu de ella. Pues la conclusión a la respuesta de «Señor, enséñanos a orar» está en el versículo 13: «Pues si vosotros siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo pidan?». Orar es más que decir las palabras correctas o ponerlas en el orden perfecto o repetirlas cierta cantidad de veces. Orar, igual que adorar, debe hacerse «en espíritu y en verdad» (Juan 4.24). Así que orar, incluso usando las palabras de la oración modelo, sin la ayuda del Espíritu Santo es como intentar volar un aeroplano con una sola ala.

Así que amigo, amiga; hermano y hermana que nos escuchas: si tu vida de oración tiene solo un ala, gira en torno al aburrimiento y es redundante, quizá es porque no le has pedido al Espíritu Santo que te ayude a orar. Aquí es preciso aclarar que todos los cristianos tienen desde el primer momento de fe en Cristo y para siempre al Espíritu Santo (Juan 7.38–39). Por lo que pedirle al Padre que nos dé «el Espíritu Santo» no es, por lo tanto, pedir por el don inicial del Espíritu, ni pedir una porción doble de él, sino más bien solicitar su ayuda e influencia. Nuestro Padre celestial, por su Espíritu, nos ayuda —a nosotros que somos pecadores, egoístas y mortales— a hablar con él. Él abre nuestros ojos para que veamos porciones de la Palabra de las que deberíamos hablar. Él abre nuestra mente para que oremos según como dice la Biblia que debemos orar. Él abre nuestro corazón para que sintamos lo que oramos en lugar de sencillamente balbucear frases inertes al aire. Ahora podemos entender porque su Palabra dice que "el Espíritu también nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como conviene". Escuche como se oye esta poderosa Palabra en la NVI: “…el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Por ejemplo, cuando no sabemos qué pedirle a Dios, el Espíritu mismo le pide a Dios por nosotros…” Por lo tanto, expresemos esta oración a nuestro gran Maestro, "Señor, enséñame a orar"» .

Ore la oración modelo y pídale al Espíritu Santo que le ayude a hacerlo. Ore el Padre Nuestro hasta que conozca sus partes como un profesor de español conoce los tiempos verbales.

Antes de culminar, permítanos darle tres sugerencias, a propósito de la oración:

Confíe. Tenga por seguro de que su Padre celestial responderá. Los discípulos, en su mayoría personas sencillas y simples, pidieron «Señor, enséñanos a orar» y él estuvo dispuesto a hacerlo de todo corazón. Él está igual de dispuesto a enseñarnos ahora. Aquel que dio a su Hijo para reconciliarnos con Él, con toda seguridad nos dará su Espíritu para ayudarnos a disfrutar de esa relación. Además, Jesús promete que el Padre le dará el Espíritu a aquellos que se lo pidan. No hay pierde.

Ore. Aprender a orar pero no hacerlo habitualmente, cotidianamente, diariamente, es como un piloto que siempre está aprendiendo en un simulador de vuelos pero que nunca despega de la tierra. Nuestro Maestro nos enseña a orar para que lo hagamos. ¿Será usted un hombre o una mujer de oración? Regrese a las palabras de Jesús en Lucas 11 y comience hoy. Sólo así estará satisfecho, es la única manera para que su espíritu y corazón se encuentren llenos, a diferencia del vacío que padece por no comunicarse con su Padre Celestial, con su Dios y Señor.

Lea. Lea la Biblia, entre más se llene de ella y atienda el consejo de Proverbios de poner su bendita Palabra delante de sus ojos y en sus oídos, cuánto más la conozca, su vida de oración cambiará radicalmente. De su lectura diaria, tome un versículo que impacte de alguna manera su corazón y tráigalo delante del Señor. Por ejemplo, 1 Corintios 8:3 dice: “Pero si alguno ama a Dios, es conocido por El”, medite un poco, déle vuelta tantito, dice que si alguno ama a Dios o sea si alguien lo ama; es decir, cualquiera que ame a Dios: es conocido por Él. A nosotros, como que nos parece que podemos ser ese alguno, ese alguien; así, como que calificamos entre los cualquiera que aman a Dios, entonces, regocíjate: ¡eres conocida y eres conocido por Él! Nuestro Padre Celestial no es un Papá distante, ni lejano. Ciertamente, está en los cielos, pero también en la Tierra y en todo lugar. Él te conoce, sabe tu nombre, sabe lo que te gusta, el color que más te agrada, qué te hace estar contento o triste. Cual es tu mayor anhelo en la vida, tu mayor temor. Te conoce. Dios te conoce. Puedes empezar a orar diciendo esto, agradeciendo a Dios que seas conocido para Él, que le seas cercano. Derrama tu corazón delante de Él, y el Espíritu del Señor se hará cargo del resto, se hará cargo de los problemas, de las enfermedades; de las aflicciones. No estás solo, no estás sola: Dios está contigo. Él y tú, son mayoría, porque mayor es el que está en ti, que el que está en el mundo.

Para finalizar permítanos brindarle algunos consejos para cultivar su vida de oración.

• Ore habitualmente
Aquellos que oran al azar, es decir, «Cuando tengo tiempo» nunca oran tanto como aquellos que hacen de la oración una parte de su rutina diaria. Esto no significa que el contenido de la oración se convierte en rutina, sino que solamente el tiempo dedicado a esto se vuelve un hábito. Unifique su tiempo de oración con su tiempo de lectura o reflexión bíblica para que el hábito de leer la Biblia también fortalezca su vida de oración.

• Ore utilizando la Biblia
Nada parece encender y mantener la pasión por la oración como la enseñanza de la oración a través de la Biblia. Elija un salmo (o un párrafo de alguna de las epístolas del Nuevo Testamento) y ore versículo por versículo. Simplemente hable con el Señor acerca de lo que dice cada versículo y lo que se le viene a la mente cuando lo lee.

• Ore con su iglesia
En el Nuevo Testamento, leemos que orar como iglesia es algo más importante de lo que nos imaginamos. Apoye los servicios de oración de su iglesia.

• Ore junto a otros que oran.
Ore frecuentemente con al menos un creyente cuya vida de oración enriquezca y anime la suya. Este podría ser su pastor u otro líder espiritual, o incluso algún hermano de la iglesia.

Y por favor, corra la voz: roguemos a Dios por la paz y la prosperidad de nuestra ciudad, de nuestro querido Estado de Chihuahua y nuestro país. Porque en su paz, tendremos paz.

Llenemos pues, el cielo con nuestras oraciones. Bendiciones, siempre. Dios te bendice.

 
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