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3a. Reunion de Matrimonios Invitación a los matrimonios a su Reunión de Matrimonios Sabado 17 Enero 2009 a las 7:30 P.M. Temas de bendición para el matrimonio.

 
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Sigue Caminando (audio) PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Jaime Chairez   
domingo, 06 de abril de 2008

 

SIGUE CAMINANDO
Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. 25Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. 26 Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. 27Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. 28Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! 29Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:24-29).
 
Introducción: hay momentos en la vida cuando la gente se detiene y deja de caminar. Ya sea que se rinda, tome un descanso o ya no pueda más; pero hay momentos cuando las piernas se niegan a avanzar y el alma se paraliza. Un divorcio te puede mutilar las piernas del alma… Un fraude te puede golpear las rodillas de tu seguridad financiera… Un cáncer te puede robar las alas de tus sueños… Un pecado te puede destruir la identidad de hijo de Dios. Una hija embarazada antes de casarse puede ser devastador. Sí, yo sé, no es fácil avanzar sin piernas y sin alas. Conozco la lona del ring, también me han contado hasta diez. Se lo que hablo, también yo como tú, he estado en la tierra de “sin esperanza” y también yo me he formado en la fila del “no remedio”… ¡Pero regresé! ¿Y sabes cómo lo hice? Simplemente seguí caminando.
 
Transición: el Libro habla de un hombre llamado Tomás, en realidad es un apodo que significa “mellizo” (Dídimo en otra lengua). En él vemos a un hombre que decidió seguir caminando a pesar de ser un desconocido y nunca recibir reconocimiento; ¡ni siquiera sabemos cuál era su verdadero nombre y siempre está escondido entre el grupo de los discípulos! Permíteme preguntarte: ¿de dónde vienes? Posiblemente tu origen grita: “deja de avanzar, no llegarás a ningún lado”. O quizá son los que te conocen de tu lugar de origen los que gritan haciendo alto con la mano frente a tu rostro: “deja de avanzar, no llegarás a ningún lado”. Posiblemente sea tu familia y la gente que amas la que te grita mientras te escupe el rostro: “deja de avanzar, no llegarás a ningún lado”. Pero he venido a decirte que Dios tiene una nueva Palabra para ti: “¡sigue avanzando! A pesar de tu origen, de tus dudas y de todos los obstáculos que enfrentes, ¡sigue caminando!” ¡Sigue caminando! A pesar de tus fracasos y de tus imposibilidades, ¡sigue avanzando! A pesar de que todos los demonios del infierno se paren frente a ti y amenacen devorarte, ¡sigue caminando! ¡Sigue caminando! A pesar de que todos los ángeles dijesen que no hay lugar en el cielo para ti, ¡sigue caminando!
 
1.- SIGUE CAMINANDO A PESAR DE QUE EL FUTURO PAREZCA SOMBRÍO.
Luego, después de esto, dijo a los discípulos: Vamos a Judea otra vez. 8Le dijeron los discípulos: Rabí, ahora procuraban los judíos apedrearte, ¿y otra vez vas allá? 9Respondió Jesús: ¿No tiene el día doce horas? El que anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; 10pero el que anda de noche, tropieza, porque no hay luz en él. 11Dicho esto, les dijo después: Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle. 12Dijeron entonces sus discípulos: Señor, si duerme, sanará. 13Pero Jesús decía esto de la muerte de Lázaro; y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño. 14Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto; 15y me alegro por vosotros, de no haber estado allí, para que creáis; mas vamos a él. 16Dijo entonces Tomás, llamado Dídimo, a sus condiscípulos: Vamos también nosotros, para que muramos con él (Juan 11:7-16).
 
Antes de Pedro, fue Tomás el que ofreció morir con Jesús. Estaba dispuesto, no sabemos si podría cumplirlo, pues a la hora difícil también huyó, pero estaba dispuesto en ese momento a seguir a Jesús a una empresa sin futuro.
 
¿A dónde vas? ¿Cuál es tu futuro? Tomás pensaba que a Jesús le esperaba la muerte y seguirlo significaba también la muerte para Él. El Señor les había indicado que moriría en Jerusalén, los discípulos sabían que querían apedrearlo y que ya lo habían intentado antes; incluso es posible que Tomás supusiera que por eso Jesús se había tardado en visitar a Lázaro, es decir, posponía su propia muerte. Así que siguió a Jesús sin fe ni esperanza, considerando que el futuro era sombrío.
 
¿Estas dispuesto verdaderamente a seguir a Jesús? Algunos han sufrido tanto que están dispuestos a seguir a cualquiera que les ofrezca un poco de alivio; pero, ¿seguir sin esperanza? ¿Quién puede seguir caminando cuando no hay luz adelante? Tomás dudaba de un buen futuro, pero tuvo un acierto: siguió caminando.
 
Cuando tu matrimonio parezca perecer, no te salgas de casa, sigue caminando. Cuando tu negocio vaya a la ruina; no te rindas, sigue caminando. Cuando tu escuela esté en neblina, no dejes de estudiar, sigue caminando. Casi todas las cosas se compondrían si seguimos laborando en ellas. Persevera, sigue caminando.
Algunos se mueven de lugar antes de tiempo, se salen de familias, dejan empleos, abandonan la iglesia, renuncian al ministerio, etc. porque hay nubes en su futuro. Si tan sólo continuarán un poco más se darían cuenta que lo único que hacía falta era perseverar. La respuesta estaba a la vuelta de la esquina.
 
Tomás dijo: “vamos para que muramos con Él”. ¿Y qué si no hay respuesta? ¿Seguirás adelante aunque el tumor siga creciendo? ¿Continuarás creyendo cuando tu esposo te abandone? ¿Alabarás a Dios a pesar de que tu hijo pierda sus estudios? ¡Sigue caminando!
Tres jóvenes dijeron ante un horno de fuego: “nos libre o no nos libre no adoraremos a otro dios”. Es la fe que mantiene la sonrisa del mártir en la hoguera.
 
Jesús dijo: “El que anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; 10pero el que anda de noche, tropieza, porque no hay luz en él”; ¿cómo puede decir esto quien va hacia la cruz? Tropiezo traduce la palabra griega “eskandalón”. Tropiezan los que se escandalizan del futuro. Andar en la luz no es necesariamente ausencia de problemas; también es seguir caminando cuando vas hacia la tormenta. Andar de día es seguir caminando; andar de noche es detenerse escandalizado del porvenir. El problema no es si hay luz o no en tu futuro, ¡el problema radica en si hay o no hay luz dentro de ti! Cuando hay luz en ti siempre andas de día y ves luz en el mundo; cuando no hay luz en ti sólo miras un futuro sombrío y todo es como de noche. Jesús no iba a la muerte, sino a la resurrección; Él andaba de día.
 
En cierta ocasión dijo sobre los enviados de Juan el Bautista: “bienaventurado el que no halle tropiezo (escándalo) en mí”. La gente no se escandaliza por lo que sucede fuera de sí misma, sino por la falta de luz interior. Los que andan de noche tropiezan (griego se escandalizan).
 
2.- SIGUE CAMINANDO A PESAR DE QUE NO CONOZCAS EL PLAN DE DIOS PARA TI.
No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. 2En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. 3Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. 4Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino. 5Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? 6Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:1-6).
 
La pregunta de Tomás es honesta: “nos hablas de la muerte y nos dices que te sigamos. ¿A dónde quieres que vayamos si no sabemos que hay más allá? ¿Cómo podemos seguirte sin direcciones claras?”
 
Hay ocasiones cuando seguir a Cristo requiere de caminar sin conocer el camino. Creer cuando no hay evidencia para afirmar la fe. No siempre conoces la voluntad de Dios con exactitud, pero aún así sigues caminando. Cuando no sabes a dónde vas, Jesús es el Camino. Cuando no conoces la voluntad de Dios, Jesús es el Camino.
Si no sabes si ese trabajo es la voluntad de Dios o no, trabaja lo más cristianamente que te sea posible, con integridad, excelencia y responsabilidad. No se a dónde voy, pero sigo caminando en Cristo.
 
El Señor aseguró que sabían a dónde iban y Tomás replicó no saberlo. El asunto es que no vamos hacia un lugar en realidad, sino a una Persona. ¡Vamos al Padre y el Hijo puede llevarnos! Cada vez que piensas “para dónde” te confundes y extravías; pero cuando te enfocas pensando para Quién vives, entonces hallas el rumbo de tu vida. No se muchas cosas, pero si sé que debo seguir caminando en Cristo todos los días de mi vida. Ante las cosas que no entiendo, sigo caminando. Algunos se detienen a cuestionar por qué sucedió esto o aquello, pero yo no tengo tiempo para detenerme, tengo una cita con el Padre y sigo caminando.
 
Nota que Jesús dijo: “para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. ¿Dónde estaba Jesús? ¿Qué no estaba con los pies en la tierra y frente a sus discípulos? ¿Por qué entonces habla en presente como si estuviera en otro lugar ofreciendo llevarlos allí? Porque no se trata de ir a dónde, sino ir a Quién. El Hijo está en el Padre y nosotros vamos allí. ¿Vamos para el cielo? Jesús habla como si ya estuviera allí y es que si caminas en Él ya llegaste.
 
Te preguntan: “¿quién eres y adónde vas?” Responde: “soy cristiano y estoy caminando en el cielo rumbo a mi Padre”. No estoy caminando en los problemas; no estoy caminando en la adversidad; no estoy caminando en los afanes; no estoy caminando en mis deseos; ¡yo estoy caminando en el cielo! Y no voy al cielo como meta ni busco mansiones celestes ni calles de oro, no me interesan las puertas de perlas ni busco coronas, ¡yo voy hacia mi Padre Celestial! Soy Tomás: no se a dónde, pero se a Quién.
 
3.- SIGUE CAMINANDO A PESAR DE HABER PERDIDO TODA ESPERANZA.
Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. 25Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. 26 Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. 27Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. 28Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! 29Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:24-29).
 
Tomás siguió a Jesús hasta Jerusalén. Estuvo allí cuando llegó el traidor con los soldados del templo y la turba con antorchas. Siguió caminando cuando el futuro era incierto y aunque desconocía el plan de Dios para su vida. Pero una cosa es caminar con la esperanza de que las cosas puedan cambiar y otra muy diferente es caminar cuando piensas que ya no hay esperanza. Para el momento de Juan 20 según la última noticia para Tomás, Jesús está muerto, lo mismo que su esperanza. ¿Valía la pena? Siente que Dios lo defraudó. Entonces construye un muro. Ante sus sueños rotos, Tomás recogió las piedras de su altar arruinado y construyó un muro con ellas. No quiere volver a caminar en la adoración para no volver a sentir el dolor de la desilusión…
Tomás es ese empresario que terminó en la cárcel cuando su socio lo defraudó, no está dispuesto a volverlo a intentar. Tomás es esa jovencita dolorida a la que su novio dejó por su mejor amiga, ¿por qué habría de volver a creer en palabras de amor? Tomás es ese niño golpeado por su madre alcohólica que decidió nunca más volver a abrir el corazón. Tú mismo eres Tomás, tus viejas heridas te recuerdan que caminar a la ventura es doloroso. Perdiste la fe para mitigar el dolor; dejaste la esperanza para cerrar las heridas. No te culpo, también me he puesto mis propias corazas y construido mis propios muros, también he sido Tomás… El muro no es tan emocionante como el altar, pero al menos te sientes un poco seguro con él.
 
¿Lo has dicho? “No valía la pena, Dios me defraudó”. ¿Te ha pasado también a ti? Oraste y ayunaste y aún así terminaste mirando el féretro de tu hijo. ¿Has estado en la ciudad de los desamparados? Te santificaste, prometiste cambiar y lo cumpliste; sin embargo, el milagro no llegó. Amaste hasta donde no se podía más y de todas maneras acabaste sólo. O diste consejos y también castigos; pediste ayuda de consejeros y seguiste todas las instrucciones, pero ese hijo cada día es más rebelde y no has podido ni bajarle la punta de los pelos parados. Ya se, tú también lo has dicho: “no valía la pena, Dios me defraudó”.
Eso sintió Tomás cuando en las penumbras de una casa judía débilmente alumbrada por velas escucha a sus compañeros de locura mesiánica decir que Jesús resucitó. “¿Me están diciendo que vuelva a creer?” –razona. Pero no está dispuesto a volver a abrir el corazón tan fácilmente; su muro no cae. Esta vez quiere pruebas; quiere el camino en planos con puntos y señales. Esta vez no caminará ante un futuro incierto. Tiene demasiado dolor para confiar de nuevo. ¿Podemos culparlo? Yo no.
Conozco ese lugar.
¿Por qué será que los silencios de Dios son los más silenciosos? ¿Por qué será que las respuestas de Dios que tardan son las que parecen tardar más?
 
Tomás quiere pruebas para seguir caminando: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré”. Ya no puede volver a ver lo invisible ni a tocar lo intocable. Ya no puede seguir caminando sólo por una promesa. Quiere pruebas.
Hay momentos en la vida cuando necesitas ver y tocar para seguir caminando. Es todo lo contrario a la vida de fe, pero no es resultado necesariamente de la incredulidad. A Tomás no se le ha hecho justicia, se usa su nombre como sinónimo de incredulidad y se le acompaña del mote: “ver para creer”; pero ¡Tomás no es un incrédulo por necedad! Él está herido detrás del muro. Ha seguido a Jesús hasta la muerte sólo por una Palabra y ha visto su fe y a su esperanza estrellarse contra la cruz romana. ¡No es un incrédulo! Es el alma de uno que no recibió su milagro. Tomás es la figura de todos aquellos que creyeron sin recibir lo prometido y que luego se les pidió seguir creyendo. Si fuera un incrédulo, por la incredulidad sola, el Señor no le habría respondido; pero sólo una semana después, Jesús mismo vino a enseñarle las marcas de los clavos y a exponer de nuevo su costado.
Dile a la madre que vio morir a su hijo de leucemia que crea en la sanidad cuando se enferma su otro hijo. Dile al preso en la cárcel que vuelva a creer cuando se le ha negado su apelación por vigésima ocasión. ¡Pruebas! ¡Necesitan manos agujereadas y costados heridos!
 
Entonces viene Jesús. Sólo Él puede pasar los muros de dolor que levantamos. ¿Por qué se presentó en medio de ellos estando las puertas cerradas sólo para mostrar sus heridas a Tomás? Porque quería que Tomás supiera que el muro que había levantado no podía detenerlo.
Ese es el milagro de la resurrección: no sólo que el muerto pueda volver a vivir, sino que el que ha perdido la fe pueda volver a creer. ¿Acaso Tomás metió su dedo en las heridas de Cristo y su mano en su costado? ¡No! Él sólo pudo tirarse a sus pies y declararlo: “Señor mío y Dios mío”. En otras palabras, súbitamente, de golpe, tomó todas las piedras de su muro y edificó de nuevo su altar al Señor.
 
Pensamos que Jesús recriminó a Tomás su incredulidad, pero no entendemos el lenguaje bíblico: “porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron”. Entiende el corazón del Maestro y quítale el acento equivocado de los traductores: “Tomás, te permití ver para que recuperes la fe porque tu sabes lo feliz que eras cuando creías sin ver”.
 
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