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Escrito por Beatriz Diaz   
viernes, 18 de julio de 2008
Vencer el mal con el bien
No sé a usted, pero a mí me preocupa nuestra ciudad y si mucho me apura: me preocupa nuestro querido estado de Chihuahua; nuestro amado país. Los hechos violentos registrados a últimas fechas me tienen –como se dice- con los pelos de punta. Ejecuciones en las calles de nuestra otra tranquila ciudad, y a ¡PLENA LUZ DEL DÍA! En vías rápidas, restaurantes o a la salida de centros comerciales, talleres y ahora, hasta entran a la fuerza al hogar de los señalados y sin mayor preámbulo, arrebatan su vida. Los medios de comunicación nos mantienen informados de ello. Al principio, se dijo que se trataba de una lucha intestina del narcotráfico por ganar la plaza. Ajá. ¿Cuál plaza? Pero lo más increíble reside en nuestra propia reacción. ¡Ah! opinamos: Se andan matando entre ellos. Sí, una reacción de lo más cómoda. Nada más que permítame llamar su fina atención a que ahora resulta que cometen sus asesinatos sin importarles la hora ni el lugar.

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Me voy a permitir hacer un poco de memoria o en su caso, refrescarnos un poco la mente, porque dicen que la mente colectiva no tiene memoria. Veamos. Ahí tiene usted lo sucedido la madrugada del pasado 8 de Marzo en esta ciudad. Fecha en la que decenas de familias vivieron –quizás- la peor noche de sus vidas, en las colonias Rosario y Cerro de la Cruz. Elementos del Ejército Mexicano se enfrentaron a narcotraficantes en una guerra que se extendió por más de cuatro horas, hasta que los sometieron. Bien hecho. Sin embargo, además, es necesario advertir que el fenómeno de la violencia, de no respetar a la autoridad, de irrespetar las vidas de terceros que ni la deben ni la temen en esta guerra campal, empieza a infiltrarse en el ciudadano común. No sé, pero qué acaso no se enteró usted del oficial de Tránsito baleado sólo por cumplir con su deber: hacer el alto a un automóvil; o del joven, que recibió tres balazos en una pierna, nada más por sonarle el claxon a otro vehículo que estorbaba la circulación. Ándele ¿qué le parece? A mí fatal. Ya no sabes si el conductor del auto que va delante o atrás de ti, viaja armado. Así que mejor, no suenes el claxon. Claro que por otro lado, aplaudimos la acción de nuestras autoridades –acaban de atrapar a tres grandes, allá en Lázaro Cárdenas- apoyamos y agradecemos su actuación. Pero, tal parece que por cada uno que agarran, se reproduce en la muerte de más elementos del orden. Hasta, ahí.

 
Yo no sé usted, pero si encuentro dos o tres personas que hoy escuchan, de los miles que sintonizan esta estación y compartan la angustia que acompaña el presente comentario, estarían quizás dispuestos a coincidir con lo que me es imperioso advertir: nada va a parar esta ola de violencia. Si la violencia sólo genera más violencia: más sicarios; mayor número de policías. Ejército. Cárteles, corrupción –sin conocimiento de causa, aunque sea del dominio público- y, por ende: impunidad. Entonces, se tiene que el mal no puede atacarse con un mal mayor o más grande. Así que no hay de otra: nada detiene esta ola de violencia. Va para más. ¿Hasta dónde? Quién sabe. O qué, ¿acaso, quiere usted, esperar por más? Yo, no. Por ello apelo a su consciencia, apelo a lo que se encuentra en lo más profundo de su ser. Ajá. A lo que no se dice, pero que existe. A esa voz interior que le indica que hay algo más. Algo superior. Alguien más; que es por mucho, superior a nosotros mismos y de quien podemos recibir la ayuda que necesitamos.
 
La Biblia dice en el libro de Jeremías: busquen la paz y la prosperidad de la ciudad en la que por mi voluntad están –o viven-; oren por ella, porque si ella prospera, ustedes también serán prosperados. Sea que nuestra ciudad en la cual estamos y habitamos, por lo que se ve: no está siendo del todo prosperada. Y, no necesito repetirlo. Así que aquellos que piensen que creer en algo o en Alguien superior, sólo se circunscribe a las cuatro paredes de los templos, iglesias y santuarios, horrorosamente: parecieran equivocados. Porque, hablamos de paz y de prosperidad. El profeta Jeremías instruye a que oremos, es decir, que roguemos, pidamos, supliquemos y clamemos por la paz y la prosperidad de la ciudad en la que vivimos. Y todavía, enfatiza que si ella es prosperada, nosotros prosperaremos también.
 
Me pregunto, y sólo lo hago ¿Qué pasaría si todos los creyentes de la Persona de JESÚS, rogáramos a Dios por nuestra ciudad? Sin importar religiones ni ritos ni nada. Nada que no sea solamente creer en Jesús como el Hijo de Dios, muerto por nuestros pecados y resucitado o vuelto a la vida, después de haber muerto. Católicos, metodistas, bautistas, adventistas, evangélicos, asambleístas: cualquiera y quien sea, que fundamente su fe en el Jesús vivo, es candidato a ello. Espéreme tantito. No me tilde de loca, todavía. Porque en la Biblia hay ejemplos a montones de situaciones semejantes a la nuestra. En múltiples ocasiones, los judíos -el pueblo de Dios- enfrentó el asedio, las invasiones, la esclavitud, guerras y otras circunstancias -por parte de pueblos vecinos y extraños a su cultura- que lo oprimían. Ellos rogaban a Dios por justicia y en su infinita Misericordia, Dios respondía liberándoles de sus opresores. A mí como que me parece que podemos vencer el mal con el bien. Si comparamos, vemos que extraños a nuestra cultura -como se asienta en el escudo de Chihuahua: valiente, noble y leal ¿qué no?-, nos invaden y hacen la guerra. Por lo que pareciera, que en algo nos semejamos al pueblo judío de la Biblia. Y aquí, no me es posible resultar más específica.
 
Ahí tiene –y no me dejará mentir- que hace años cuando supimos lo que sucedía en Colombia –parecido a lo que ahora ocurre aquí, en esta ciudad de Chihuahua- como que se nos hacía algo lejano y hasta pensamos entonces, que era bueno que esas cosas, esa guerra: se diera, tan lejos de nosotros. Eso, sucede allá, razonamos, aquí tenemos paz. Ajá. Sin embargo, lo mismo seguimos pensando, razonando y argumentando cuando ocurrió en Tijuana. Pero, ahora ocurre en Chihuahua, capital de la Tierra de Encuentro o Estado Grande, como quiera llamarle. Porque, para el caso es lo mismo: Grande ¿para qué? O, Encuentro ¿de qué? En fin. Ahí queda. Pese a lo cual, podemos seguir pensando o razonando: ocurrió en la Rosario y Cerro de la Cruz, al este de la ciudad. En mi colonia, no. Además, de eso hace ya muchos meses. Y vuelvo a decir: Ajá. ¿Hasta cuándo? Y me pregunto, sólo me pregunto: ¿Será hasta que llegue a la casa de enseguida; o, más aun: hasta la puerta de nuestras casas? No hay que ir tan lejos, porque si bien no se ha dado un operativo como el comentado en Marzo pasado, se cuentan colonias como Los Pinos, Colinas del Sol y otras, donde ejecutan personas –como dije- en plena vía pública y a la vista de hijos y familiares.
 
Por nuestra parte, la mayoría defendemos –como país; e independiente, a grupos fraccionarios- la intervención del Ejército Mexicano en la lucha frontal contra el Narcotráfico. Y otra vez: Ajá. Sin embargo, ¿Habremos de esperar a ver si el Ejército resulte rebasado como sucede con el resto de las corporaciones de Seguridad del ámbito Federal, Estatal y Municipal? ¿Qué haremos entonces? ¿A dónde nos hemos de volver? ¿A quién acudir, entonces? ¡Ah! Pero, qué le platico. Ya sé que está enterado del Plan Mérida. Sí, ese que se firmó hace poco con Estados Unidos para apoyar -con no sé cuántos millones de dólares, creo que 400- la batalla que lleva México contra el narcotráfico. Bien por ello. Y pregunto, sólo pregunto: ¿a dónde más, le gustaría voltear? Porque ya nada más queda la Unión Europea. ¿Y después?
 
¿Ve a dónde le quiero llevar? Es muy fácil. Mire; si revisa un poco la historia bíblica, advertirá que el pueblo judío suplicaba el favor y la ayuda de Dios, hasta el último momento, es decir, cuando el agua les llegaba al cuello. Cuando ya no había naciones o reyes con quiénes hacer alianza contra sus enemigos. Cuando sufrían esclavitud, cuando no había más ayuda que pedir, sino la de Dios. Sí, ya sé. Como su último recurso. Pero ¿sabe que es lo más extraordinario de todo? Que Dios, siempre respondía. Y la verdad sea dicha. Sinceramente, no creo que el pueblo de Chihuahua sea tan o más necio que el pueblo de Israel. Que espere más tiempo, a ver si las cosas mejoran. Pues, lo más seguro es que van a empeorar. Así lo registra la historia reciente en otros países centro y sudamericanos. ¿Quiere más? Yo no. Lo cierto, es que yo como usted: añoro el Chihuahua tranquilo y pacífico que tuvimos hasta hace poco. Con sus asegures, claro está; pero nada que ver con lo que actualmente vivimos en esta ciudad. En Parral. En Delicias. No se diga, ciudad Juárez.
 
Y por favor, no me venga a decir que la culpa la tiene el Gobierno. Las autoridades, que no saben contener la ola de violencia que hoy nos abate. Los partidos políticos. La corrupción y la impunidad ¿Quiere culpables? ¿Desea conocer, a lo verdaderos responsables de la situación que vivimos? Espero que se encuentre sentado, porque se va a estremecer. Le aconsejo que busque un asiento y escuche atentamente, porque se va a conmover. Los culpables reales, los verdaderos responsables de esta lucha intestina. De este ambiente enrarecido por el miedo. De la violencia que sufre nuestra querida tierra: somos nosotros. Somos, tú y yo. Así como lo escuchas. Directo y sin más. Las cosas como son.
 
¿Qué dices? Que cómo me atrevo a hacer tal afirmación. Porque ni tú ni yo andamos con La Línea, con el Chapo, o con quien sea que ande por ahí matando gente ni convenimos con ellos. ¿Cómo pues, semejante atrevimiento de que somos culpables? Estimado, ciudadano; estimada, ciudadana chihuahuense: somos nosotros, porque no hemos sabido preservar ni alumbrar esta tierra. La Biblia dice que nosotros: los hijos de Dios, somos la sal de la tierra; pero, si la sal –continúa diciendo- se vuelve insípida, para nada sirve sino para echarla al fuego. Y te digo, que una de las funciones de la sal es ésa, precisamente: preservar. Nuestra tierra se ha corrompido, porque no cumplimos con nuestra responsabilidad de preservarla. El texto bíblico también afirma que nosotros somos la luz del mundo. Pero, permitimos que las tinieblas cubrieran nuestras ciudades. Y esto, no es sólo que no hayamos sabido mantener la Luz de Jesús encendida sino que la hemos guardado dentro de las cuatro paredes de los Templos e Iglesias. Para el domingo. Porque, es el día que por tradición: asistimos al Santuario. El domingo es el día que nos acordamos de Dios, si es que lo hacemos, o sólo acudimos por obligación. Por remordimiento de conciencia. Porque el resto de la semana nos conducimos como si no hubiera Dios sobre la Tierra, como si no hubiera Dios sobre Chihuahua.
 
Ahora, sí. Y porque, sigues ahí: te doy permiso que me taches de loca. ¿Qué tiene que ver Dios con todo esto? ¿Qué tiene que ver Dios con mi vida cotidiana, con la vida diaria? Con el devenir de esta ciudad, de este Estado; de este país. Nada. No tiene que ver: nada. Sigue creyendo esa mentira. Por eso es que estamos como vamos. Mal, muy mal. De mal a peor. ¡Claro que Dios tiene que ver con todo esto! Con tu vida cotidiana, y con la vida diaria. Con lo que sucede en nuestra ciudad y país. ¡Claro que tiene que ver con lo que pasa en esta tierra! En tu Biblia, ahí en 2ª. Crónicas, capítulo 7, versículo 14, leemos lo que el Dios del Cielo y de la Tierra, te dice a ti que sigues en sintonía. Sí, aunque no lo creas, Él lo sigue diciendo: ahora: Si mi pueblo que lleva mi Nombre –acaso, no te dices tú que eres pueblo de Dios, que eres su hijo e invocas y dices: Dios mío y Señor mío-; Se humilla–es decir: reconoces que sólo Dios puede hacerlo-; Y ora, y me busca–te colocas en relación y comunión con tu Creador y Salvador-; Y abandona su mala conducta –se arrepiente o da la vuelta a sus malos caminos (de hacer las cosas como a nosotros nos gusta, de confiar en cualquiera menos en Dios), esto es, que te vuelvas a Dios- Y sigue diciendo: Yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré su pecado, y RESTAURARÉ su tierra”. ¿Ves porqué te digo que Dios, sí tiene que ver en este asunto? Y estimados: todos, permítame decirlo con Ustedes: lo que realmente necesitamos es que nuestra tierra, nuestro querido Chihuahua sea restaurado, que nuestra tierra sea sanada por el poder de Dios. Porque si alguien tiene el poder para hacerlo: es nuestro Dios. Nosotros dependemos de ello, las autoridades igual, los cuerpos del orden y la justicia, también. ¿Quién va a protegernos, quién los protegerá a ellos? Sólo Dios. Pero eso; depende, sólo de ti.
 
Porque eres tú quien marca la diferencia. Eres tú y soy yo, quienes decimos el qué: Paz en Chihuahua. El cómo: arrepentimiento y oración a Dios. Arrepentimiento, porque nosotros no somos más duros de cabeza o cerviz que el pueblo bíblico. No. Tú eres sensible a lo que sucede cotidianamente. Las noticias diarias te asustan, te inquietan. Alguien dijo, por ahí: “nuestro ejecutado de cada día”. Tampoco. Porque Jesús dijo: Nuestro pan de cada día. Niégate a aceptarlo. Niégate a vivir en la inseguridad. Niégate a admitir sin conceder que los tiempos de paz en Chihuahua: terminaron. Porque di tú y te digo yo: ¿qué esperamos? ¿Violencia contra civiles sin pena ni culpa? Porque esto, ya sucede en Sinaloa, y otros Estados, por si no lo sabías. ¿Esperaremos que ocurra a la puerta de tu casa, para entonces: hacer algo? Oremos a Dios, por sabiduría y protección de nuestras autoridades, en primera instancia. Porque el Amor, la Justicia y el Poder de Dios se establezcan aquí, en el hoy y en el ahora: YA.
 
La buena noticia y lo que te quiero decir en este momento, en tanto que el Buen Espíritu del Señor da testimonio a tu propio espíritu de esta imperiosa y urgente necesidad, es que Dios mantiene abiertos sus ojos y sus oídos, los cuales están atentos –afirma el versículo 15, de 2ª Crónicas 7- a las oraciones en este lugar. En este lugar. ¿En esta ciudad y Estado de Chihuahua? Seguramente, que sí. Sólo hace falta una cosa y ésta es que tú y yo, en el nosotros que compartimos, nos levantemos, y como casi siempre dice mi querida y entrañable amiga, Doany, hagamos lo necesario: trabajar, actuar. Llevar a la práctica el conocimiento adquirido.
 
Para concluir, si el Espíritu del Señor te insta: realiza lo que se requiere y hazlo como consideres necesario, en el Nombre de Jesús. Es urgente que la Voluntad de Dios sea hecha en esta tierra como lo es en el cielo, y esto, desde tu propia perspectiva, convicción o religión aprendida. “Hágase tu voluntad en la tierra, como en el cielo”, dice el Padre Nuestro. ¿Cómo? Con oración, clamor y gemido desde el fondo de tu corazón. Con la autoridad que Dios te concedió: detén, ata y reclama la sanidad, la libertad de esta tierra, para que Dios lo haga en el cielo. Sacrifica, promete, y cumple lo que consideres. Yo me hago uno contigo. Sin importar credo, religión o convicción. Un solo y único clamor a Dios, en la unidad de la fe en Él, por su Hijo Jesucristo. Porque la necesidad es sólo una: que Dios responda nuestra oración. Para que su Voluntad, que es buena, agradable y perfecta: se cumpla en nuestra ciudad, estado y país. Ahora, mismo; en el Nombre de Jesús.
 
Varias escuelas y colegios se pronunciaron por la paz, y continúan levantando banderas blancas en sus bardas. Una radiodifusora local dedica las primeras horas de su programación a orar por la ciudad, dos días a la semana. Un grupo de personas realizaron una velada para orar por la paz de nuestra ciudad, en un gimnasio. Unos jóvenes organizaron hace poco una marcha en su favor y una alta autoridad eclesiástica recomendó elevar una oración a Dios. Otro joven más, promovió a vencer el miedo y salir a las calles por un pronunciamiento por la paz, el pasado 22 de Junio; desde entonces, comprometido con la paz: El Heraldo de Chihuahua, sostuvo un cintillo en su primera plana con opinión ciudadana, al respecto. Ahora, tú escuchas la presente entrega, la pregunta es: ¿Harás algo, al respecto? Necesitamos unirnos, recomiendan. Esta es una buena forma de hacerlo: unidos en un solo clamor, en un solo ruego al Dios de los Cielos. Necesitamos sentir la carga por nuestra ciudad y rogar a Dios por ella.
 
A finales del mes anterior, un motivador internacional, en un evento sin precedentes, logró reunir a más de 25 mil personas, sólo para escucharlo hablar. ¿Qué hace falta para reunir a muchísimas más, en otro acto sin precedentes, sólo para clamar por la ayuda de Dios en nuestra tierra? A quienes tienen tal poder de convocatoria: es el llamado, también. Somos más, quienes queremos la paz, concuerdo. Somos más, los que queremos el bien.
 
Chihuahua: ¿qué necesitas para que tus entrañas se conmuevan y te vuelvas a Dios? ¿Para que tus paradigmas se estremezcan y reconozcas que únicamente Dios puede hacer que la paz y la tranquilidad retornen a tus calles, a tus barrios y tus casas? Escucha, por favor te repito y te conmino: a esa voz interior que te dice que hay alguien más. Alguien superior. Alguien más; que es por mucho, superior a nosotros mismos y de quien podemos recibir la ayuda que necesitamos. Es urgente que lo hagamos. Resulta vital que respondamos. Antes, de que me maten o que te maten a ti. Antes que asesinen a nuestros hijos, sin razón alguna. Júzgame loca, si lo prefieres. Tíldame de fatalista, si te parece. Pero no te atrevas a acallar lo que tu espíritu grita en este momento: ¡Es urgente, que nos volvamos a Dios! Resulta imprescindible que lo hagamos. Hoy, más que nunca. Hoy, antes que no podamos hacerlo. Por nosotros mismos, por nuestros hijos y por las futuras generaciones.
 
La pregunta sigue en el aire: ¿harás tú, algo al respecto? La paz puede regresar a Chihuahua. Dios no quiere que vivamos amedrentados; Él dice que procurar la paz de la ciudad en que vivimos, nos lleva a vivir en paz. Dios desea que seamos prosperados en todas las cosas y que tengamos salud, así como prospera nuestra alma. Y si escuchaste hasta aquí, tenlo por seguro que tu alma ha sido prosperada. ¿Quisieras tú, ser parte de la solución? Unirte en oración y ruego a nuestro Dios, por la paz y la prosperidad de nuestra ciudad. Volvernos a Dios y clamar por su divina intervención en nuestra tierra. ¿Estarás dispuesto a vencer el mal con el bien? Venga a nosotros, tu Reino. Hágase tu voluntad aquí en la Tierra, como en el Cielo. Porque hacerlo, depende… sólo de ti. Soy Beatriz Díaz. Nos escuchamos.
 
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